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El proyecto fotográfico original contó en parte con una beca del National Endowment for the Arts. La primera edición de Subway fue publicada en 1986 por Aperture Foundation, Nueva York. St. Ann's Press, Los Ángeles, publicó en 2003 una segunda edición, a la que corresponde este ejemplar. La tercera edición, revisada y reeditada, apareció en Steidl en colaboración con Aperture Foundation.

En 1980, Bruce Davidson decidió emprender un proyecto sobre el metro de Nueva York. Este trabajo de cinco años acabaría llamándose, sencillamente, Subway. 

El metro del Nueva York de la década de 1980 era uno de los sistemas de transporte público más extensos y antiguos del mundo. 
Entonces era un lugar peligroso, sucio y paradójico, cuyos usuarios reclamaban intimidad en un espacio claustrofóbicamente público. Davidson lo describía así: «Es el gran igualador... Desde el tren que circula sobre la calle y nos revela la ciudad hasta la inmersión en los túneles, las luces fluorescentes estériles se desvanecen y nosotros, atrapados, estamos juntos».

Aquel espacio dejaba poco lugar para la poesía: atracos, asesinatos y tráfico de drogas estaban a la orden del día. Los retrasos eran frecuentes, la suciedad omnipresente y viajar en transporte público podía ser una pesadilla. 

Sin embargo, en Nueva York todo el mundo acaba utilizando el metro. En una ciudad donde aparcar resulta tan caro, termina convirtiéndose en una necesidad tan incómoda como imprescindible. Era, además, el Nueva York anterior a Giuliani y a la tolerancia cero. La gente utilizaba el metro por necesidad. Era un lugar de olores, sudor y miedo. Bruce recordaba que «...viajar en metro nunca era aburrido. El metro era peligroso. Si llevabas una cadena de oro al cuello, te la arrancaban. Era un lugar que daba miedo». Para Bruce Davidson, sin embargo, ofrecía una oportunidad extraordinaria de mostrar lo que ocurría en aquellos trenes y andenes a finales del siglo 20. «El metro me parecía muy sensual, incluso sexual. Descubrí que el color aportaba significado y que el tren podía serlo todo: podía fotografiar una belleza o una bestia. Bajar al subsuelo era un gran desafío porque siempre sentía nervios y aprensión: entonces el metro era inseguro, sobre todo si llevabas una cámara cara». 

Davidson recuerda: «Para prepararme, empecé una dieta, un programa de ejercicios de estilo militar y salía a correr al parque cada mañana. Sabía que debía entrenarme como un atleta para poder cargar con mi pesada cámara y mi equipo durante horas cada día. También sabía que, si ocurría algo, tenía que estar en condiciones de reaccionar, o al menos creer que lo estaba. Cada mañana guardaba cuidadosamente cámaras, objetivos, flash, filtros y accesorios en una bolsa. Mi chaqueta verde de safari tenía grandes bolsillos donde llevaba los pases del tren y de la policía, algunos rollos de película, un mapa, una libreta y un pequeño álbum con imágenes de personas que ya había fotografiado en el metro. Llevaba monedas para quienes me pedían dinero y cambio para el teléfono. También una identificación adicional, unos dólares escondidos, un silbato y una pequeña navaja suiza para sentir algo más de confianza. Llevaba un pañuelo limpio y vendas por si sangraba». Davidson trabajaba habitualmente en el blanco y negro tan característico de su obra, pero pronto comprendió que este proyecto exigía otra estrategia. 
«En el metro, la experiencia exigía color. Utilicé película Kodachrome 64, de baja sensibilidad, por su fidelidad y la fuerza de sus colores. A veces empleaba filtros, flash o la luz disponible. Recurrí a distintos recursos técnicos para realizar este trabajo». Comenzó a trabajar con una lógica visual que necesitaba el color: «Descubrí que la luz del flash reflejada en las superficies de acero y los viejos vagones creaba una nueva manera de percibirlo».

Bruce Davidson recorría los andenes y trenes desde primera hora de la mañana hasta muy entrada la noche. Al adentrarse en el metro, el ambiente se volvía más cálido en invierno, y todo un ecosistema de personas sin hogar e incluso animales ocupaba aquellos espacios hasta que el tren reanudaba su funcionamiento a las cinco de la mañana.

Davidson decidió acercarse. Nunca se consideró un mero documentalista, sino parte integrante de la escena.

Utilizó iluminación estroboscópica en prácticamente cada imagen. Poco a poco se formó un conjunto de fotografías de trenes vacíos o abarrotados, de la belleza de las personas y de sus peores momentos. Al principio le costaba acercarse a la gente; bromeaba diciendo que incluso las ancianas le daban miedo. Acabó encontrando su método: explicaba que trabajaba en un proyecto fotográfico y pedía las direcciones para enviar copias. Pronto comprendió que debía mostrarse seguro y superar la timidez. También recurrió al conocido «más vale pedir perdón que permiso». Aun así, siempre fue abierto sobre sus intenciones y nunca ocultó la cámara. El destello bastaba para revelar su presencia y su actividad, y también podía alertar a posibles ladrones. Por eso cambiaba rápidamente de vagón después de fotografiar.
En una ocasión fue atracado y le robaron la cámara. Aunque pudiera parecer valiente e invencible, sentía el peligro a cualquier hora: «...Estaba en guardia todo el tiempo; no pasaba un día sin que los periódicos informaran de algún crimen horrible en el metro. Los pasajeros veían mi cámara cara colgada del cuello y pensaban que era un turista o un loco».
Tras cinco años de trabajo, el proyecto culminó en 1986. Se publicó y se expuso en el International Center of Photography, fundado por Cornell Capa. Recibió elogios inmediatos y hoy se considera uno de los grandes conjuntos fotográficos que han influido en autores como Wolfgang Tillmans, que trabajó en el metro de Londres en 2000, o Chris Marker, que fotografió el metro de París entre 2008 y 2010. Este diálogo entre obras remite, por supuesto, a Walker Evans y resuena también en proyectos del fotógrafo mexicano Francisco Mata Rosas.

Subway - Bruce Davidson

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