Francesc Català-Roca o como documentar con una composición exquisita.
- Dartbooks

- hace 2 días
- 8 min de lectura
Francesc Català-Roca ocupa un lugar fundamental en la historia de la fotografía española del siglo XX. Su obra está profundamente ligada a la transformación de la sociedad española durante las décadas posteriores a la Guerra Civil, pero reducirlo a la figura de un simple fotógrafo documental sería quedarse muy corto. Català-Roca fue un fotógrafo de una enorme cultura visual, capaz de moverse entre el reportaje, el retrato, la arquitectura, el paisaje, la fotografía de viajes y la fotografía vinculada al libro, manteniendo siempre una mirada personal y reconocible. Su cámara observó una España que cambiaba lentamente, pero también construyó una determinada manera de mirar esa realidad: con atención, ironía, sentido de la composición y una extraordinaria capacidad para encontrar imágenes memorables en situaciones aparentemente insignificantes.
Nacido en Valls en 1922, Francesc Català-Roca creció prácticamente dentro de la fotografía. Su padre, Pere Català i Pic, fue uno de los fotógrafos catalanes más importantes de la primera mitad del siglo XX y una figura relacionada con las vanguardias fotográficas y la experimentación gráfica. Francesc aprendió muy pronto los fundamentos del oficio y comenzó a trabajar en el entorno familiar cuando todavía era muy joven. Esta formación inicial resulta importante para comprender su evolución posterior, porque Català-Roca no fue un fotógrafo que descubriera accidentalmente la fotografía documental, sino alguien que conocía perfectamente el lenguaje fotográfico y que decidió utilizarlo para observar la realidad desde una perspectiva propia.

La Guerra Civil española interrumpió brutalmente aquel ambiente cultural y condicionó profundamente la trayectoria de toda una generación. Català-Roca vivió aquel periodo siendo todavía muy joven y, posteriormente, tuvo que desarrollar su carrera profesional durante los primeros años de la dictadura franquista. En ese contexto comenzó a trabajar en diferentes ámbitos de la fotografía, desde la prensa y la publicidad hasta los encargos editoriales y comerciales. Poco a poco fue construyendo una trayectoria independiente que acabaría convirtiéndolo en uno de los grandes fotógrafos españoles de su generación.
En 1947 abrió su propio estudio en Barcelona. A partir de ese momento empezó a trabajar para revistas y publicaciones, realizando reportajes y encargos que le permitieron recorrer España y observar una sociedad que todavía estaba marcada por la pobreza y las consecuencias de la posguerra. Pero hay algo especialmente interesante en su manera de fotografiar. Català-Roca no necesitaba recurrir a acontecimientos extraordinarios para producir una buena fotografía. Una calle cualquiera, unos niños jugando, una pareja caminando, un grupo de trabajadores, una sombra proyectada sobre una pared o una persona esperando en una esquina podían convertirse en imágenes de enorme fuerza visual.
Su fotografía posee una característica que me parece fundamental: parece espontánea, pero detrás de esa espontaneidad existe un extraordinario sentido de la composición. Català-Roca sabía esperar el momento preciso. Sabía dónde colocarse y, sobre todo, sabía reconocer cuándo una escena cotidiana podía convertirse en una imagen. Muchas de sus fotografías tienen además un componente de humor o ironía que evita que su obra pueda considerarse simplemente documental. Hay una mirada inteligente sobre aquello que está ocurriendo delante de la cámara.
La Barcelona que fotografió durante aquellos años es probablemente uno de los mejores ejemplos de esta capacidad. Sus imágenes muestran una ciudad todavía reconocible en muchos de sus aspectos tradicionales, pero al mismo tiempo inmersa en un proceso de transformación. Las calles, los comercios, los trabajadores, los niños, los turistas, los edificios, los automóviles y las nuevas formas de ocio forman parte de un enorme escenario urbano que Català-Roca observaba constantemente. No pretendía realizar una descripción exhaustiva de Barcelona. Lo que hacía era encontrar pequeños fragmentos capaces de transmitir algo sobre la ciudad y sobre las personas que la habitaban.
Su fotografía española posee una característica similar. Català-Roca recorrió numerosas ciudades y pueblos y construyó, a través de miles de imágenes, una especie de retrato fragmentario de la España de su tiempo. Pero sus fotografías no funcionan como ilustraciones de un discurso político. No necesitan explicar al espectador qué debe pensar. La realidad aparece delante de nosotros con sus contradicciones. Hay pobreza y prosperidad, tradición y modernidad, religiosidad y ocio, espacios rurales y grandes ciudades, aislamiento y nuevas formas de movilidad. Català-Roca observa todo ello sin convertir necesariamente la fotografía en una denuncia explícita.
Precisamente por eso resulta complicado encajarlo completamente dentro de una determinada corriente fotográfica. Su trabajo comparte algunos principios con el neorrealismo, especialmente el interés por la vida cotidiana y por las personas anónimas, pero su fotografía posee una personalidad propia. La composición, el humor, la geometría y la relación entre los personajes y el espacio tienen una importancia enorme. En muchas de sus imágenes existe además una especie de pequeña puesta en escena involuntaria: personas que aparecen en el lugar exacto, elementos arquitectónicos que establecen relaciones visuales inesperadas, sombras que dividen una escena o coincidencias que parecen construidas por el fotógrafo aunque hayan sido encontradas en la realidad.
Otra de las grandes facetas de Català-Roca es su relación con la arquitectura. Durante décadas fotografió edificios, ciudades y espacios arquitectónicos, trabajando con algunos de los arquitectos más importantes de España. Su fotografía arquitectónica demuestra que no entendía los edificios simplemente como objetos aislados. Le interesaba cómo la arquitectura se relacionaba con el entorno y, sobre todo, cómo las personas ocupaban esos espacios. Una figura humana podía proporcionar escala, movimiento y significado a un edificio que, fotografiado de manera puramente técnica, habría resultado completamente diferente.
Esta relación con la arquitectura también lo llevó a colaborar intensamente con publicaciones y proyectos editoriales. Y aquí encontramos una de las claves para comprender la importancia de Català-Roca desde la perspectiva del fotolibro. Una parte considerable de su producción fue concebida directamente para libros. Trabajó en publicaciones dedicadas a ciudades, arquitectura, patrimonio, arte, viajes y cultura, y colaboró con escritores, arquitectos, artistas y editores. En muchos casos, el libro no era simplemente el lugar donde se imprimían unas fotografías realizadas previamente. El propio proyecto editorial determinaba qué fotografiar, dónde viajar y cómo construir visualmente un determinado territorio o tema.
Por eso la bibliografía de Català-Roca es tan importante. Sus libros permiten seguir una parte fundamental de la evolución de la fotografía española durante la segunda mitad del siglo XX. Son publicaciones que se encuentran en la intersección entre fotografía, literatura, arquitectura, historia y cultura visual. Para estudiar a Català-Roca no basta con contemplar sus fotografías individualmente. También resulta necesario observar cómo fueron utilizadas, ordenadas y publicadas.

Su relación con escritores fue especialmente fructífera. La fotografía de Català-Roca apareció en numerosos proyectos en los que imagen y texto dialogaban entre sí. Esto contribuyó a crear una determinada representación visual de España y Cataluña en un momento en el que el país comenzaba lentamente a abrirse al exterior. El fotógrafo se convirtió así en una especie de intermediario visual entre el territorio y el lector.
También fotografió a algunos de los principales artistas e intelectuales españoles de su época. Sus retratos de Joan Miró, Salvador Dalí, Antoni Tàpies y otras figuras culturales forman parte de una memoria visual extraordinariamente importante. Pero, nuevamente, Català-Roca no parece interesado únicamente en registrar el rostro de una persona famosa. Busca el gesto, el espacio, el objeto o la situación que permita construir una imagen con personalidad propia. Sus retratos tienen muchas veces algo de circunstancial, como si el fotógrafo hubiera encontrado al personaje en un momento concreto de su vida y no simplemente delante de un fondo preparado para una fotografía oficial.
Esta capacidad de convertir el encargo en una fotografía personal es una de las características que explican su enorme versatilidad. Català-Roca podía trabajar para una revista, una editorial, un arquitecto o una institución y, al mismo tiempo, mantener una mirada perfectamente reconocible. No era necesario que estuviera realizando un proyecto considerado artístico para que apareciera su personalidad como fotógrafo.
También es interesante su trabajo fuera de España. Sus viajes por diferentes países, especialmente por América Latina, ampliaron considerablemente su campo de observación. México, Perú y Bolivia, entre otros lugares, aparecen en su producción fotográfica vinculada a proyectos culturales y editoriales. Allí volvió a aplicar una mirada que no buscaba simplemente registrar monumentos o lugares turísticos. Le interesaban las personas, los mercados, las tradiciones, los espacios urbanos, los objetos y las relaciones entre lo antiguo y lo moderno.
En estos trabajos aparece además otra faceta que merece mucha más atención de la que tradicionalmente ha recibido: el color. Cuando pensamos en Català-Roca, inmediatamente pensamos en el blanco y negro de sus fotografías de Barcelona y de la España de posguerra. Sin embargo, su utilización del color demuestra que su lenguaje fotográfico no dependía de una determinada estética. El color le permitió explorar nuevas relaciones entre personas, objetos, arquitectura y paisaje, especialmente en sus trabajos realizados fuera de España.
A lo largo de su carrera, Català-Roca mantuvo también una estrecha relación con el cine y con otros ámbitos de la cultura visual. Esta amplitud de intereses ayuda a comprender mejor su fotografía. No era un fotógrafo encerrado dentro de una única disciplina. Su mirada estaba alimentada por la arquitectura, el diseño, el cine, la literatura, el arte y, naturalmente, por la propia tradición fotográfica.
Pero quizá la mejor manera de entender su importancia sea observar la España que quedó detrás de su cámara. Català-Roca fotografió una sociedad que estaba pasando de una España todavía profundamente rural y tradicional a otra mucho más urbana y moderna. Las calles comenzaron a llenarse de automóviles, aparecieron nuevas formas de consumo, aumentó el turismo, cambiaron las ciudades y surgieron nuevas formas de ocio. Todo ese proceso está presente en sus fotografías, muchas veces sin que el propio fotógrafo tenga que explicarlo.
Y precisamente ahí está una de las grandes virtudes de su obra: Català-Roca documenta sin convertir sus fotografías en simples documentos. Sus imágenes tienen suficiente fuerza formal para sobrevivir al contexto que las originó. Podemos desconocer quién es la persona fotografiada o exactamente dónde fue realizada una imagen y, aun así, la fotografía continúa funcionando. Una determinada postura corporal, una sombra, una mirada, una coincidencia visual o una composición inesperada son suficientes para mantener viva la imagen.
Català-Roca murió en Barcelona en 1998, después de más de cinco décadas dedicadas a la fotografía. Había dejado detrás una producción inmensa y extraordinariamente diversa. Pero su verdadera importancia no está únicamente en la cantidad de fotografías que realizó. Está en haber contribuido decisivamente a cambiar la manera de mirar la realidad cotidiana en España.

Durante mucho tiempo, la fotografía española tuvo que enfrentarse a una tradición excesivamente condicionada por el pictorialismo, el academicismo y las circunstancias políticas del país. Català-Roca ayudó a desplazar esa mirada hacia la calle. Hacia las personas. Hacia la vida cotidiana. Hacia aquello que ocurría delante de nuestros ojos y que, precisamente por ser cotidiano, podía pasar desapercibido.
Y creo que esta es la razón por la que su obra sigue siendo tan importante hoy. Català-Roca no necesitó inventar una realidad extraordinaria. Le bastó con aprender a mirar extraordinariamente la realidad que tenía delante.
Desde el punto de vista de Dartbooks, además, Català-Roca resulta especialmente interesante porque su obra permite estudiar una parte esencial de la historia de los Fotolibros españoles. Sus publicaciones no son un simple complemento de su carrera fotográfica, sino uno de los lugares donde su mirada se desarrolló con mayor profundidad. A través de sus libros podemos seguir la evolución de España, de Barcelona, de la arquitectura y de la propia fotografía española durante varias décadas.
Y quizá sea precisamente por eso por lo que hoy merece ser redescubierto no solamente como uno de los grandes fotógrafos documentales españoles, sino también como uno de los grandes autores de libros de fotografía de nuestro país. Su obra demuestra que un fotolibro puede ser simultáneamente documento, relato, memoria y creación visual. Y que una fotografía aparentemente sencilla, cuando detrás de ella existe una mirada verdaderamente inteligente, puede terminar convirtiéndose en una imagen capaz de atravesar varias generaciones.




Comentarios