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Hiromix y su transgresora mirada fotográfica.

3 sept
8 min de lectura

Actualizado: 4 sept

Hiromix, cuyo nombre es Hiromi Toshikawa, nació en Tokio en 1976 y se convirtió en una de las figuras más singulares de la fotografía japonesa de los años noventa. Su aparición fue especialmente importante porque llegó al mundo profesional siendo todavía muy joven y porque su manera de fotografiar rompía con buena parte de la tradición fotográfica japonesa de las décadas anteriores. En lugar de buscar una fotografía solemne, formal o intelectualmente elaborada, Hiromix convirtió su propia vida cotidiana en materia fotográfica. Amigos, autorretratos, animales, flores, objetos, música, habitaciones, noches en Tokio y pequeños acontecimientos personales aparecen mezclados en una especie de diario visual que terminó convirtiéndose en una de las expresiones más reconocibles de la juventud japonesa de aquella época.


Retrato de Hiromix, fotógrafa japonesa, mirando directamente a la cámara en una fotografía espontánea de estética íntima y juvenil, característica de su trabajo de los años noventa.

Su entrada en el mundo de la fotografía se produjo en 1995, cuando tenía 18 años. Presentó al concurso New Cosmos of Photography de Canon un proyecto titulado Seventeen Girl Days y obtuvo el Gran Premio. El trabajo había sido realizado cuando tenía 17 años y estaba compuesto por fotografías de su vida como estudiante de instituto. Lo extraordinario no era únicamente la edad de la fotógrafa, sino la libertad con la que había construido el proyecto. No parecía estar intentando demostrar que sabía hacer fotografías técnicamente sofisticadas. Su interés estaba en registrar aquello que formaba parte de su propia experiencia: sus amigos, sus objetos personales, la música, sus estados de ánimo, sus autorretratos y la sensación de estar creciendo y acercándose a la edad adulta.

Nobuyoshi Araki tuvo un papel decisivo en aquel comienzo. Fue quien la propuso para el concurso y formó parte del jurado que reconoció inmediatamente la singularidad de su trabajo. Araki vio en aquellas fotografías una actitud que le parecía especialmente interesante: una forma de trabajar intuitiva, poco preocupada por las reglas y basada en la reacción inmediata ante aquello que tenía delante. Fumio Nanjo, otro de los miembros del jurado, también destacó la combinación de ingenuidad, fragilidad y cierta oscuridad que encontraba en el trabajo de Hiromix.

Es importante entender que Seventeen Girl Days no era simplemente el diario fotográfico de una adolescente. En el contexto de la fotografía japonesa de los años noventa, representaba un cambio de actitud. La cámara dejaba de ser necesariamente una herramienta para construir una obra fotográfica formal y podía convertirse en una extensión de la vida cotidiana. Hiromix fotografiaba porque quería conservar una determinada sensación del presente. La fotografía no tenía que explicar una realidad exterior. Podía servir para entender la propia identidad.


Hiromix fotografiada en un espacio doméstico japonés, rodeada de objetos personales, muñecos y decoración de estilo retro, con un televisor que muestra una imagen en blanco y negro.

En 1996 apareció Girls Blue, su primer gran photobook. Es uno de los libros fundamentales para comprender la fotografía japonesa de los años noventa y también uno de los títulos que mejor representan el nacimiento de una nueva sensibilidad fotográfica entre las mujeres jóvenes japonesas. Muchas de las fotografías fueron realizadas con una pequeña cámara compacta, una Konica Big Mini, y muestran a Hiromix y a sus amigos durante sus salidas por Tokio. El libro transmite la energía de una juventud que vive entre la música, la amistad, la noche, la cultura popular y una creciente conciencia de sí misma.

Una de las características más interesantes de Girls Blue es que las imágenes parecen espontáneas, pero la construcción del libro demuestra que detrás de esa espontaneidad existe una selección muy consciente. Hiromix había realizado una enorme cantidad de fotografías y posteriormente escogió aquellas que podían representar mejor una determinada experiencia de juventud. El resultado no es simplemente un álbum familiar o un diario privado. Es la transformación de una experiencia personal en una narración visual que puede ser reconocida por otras personas.

Aquí aparece uno de los grandes debates alrededor de Hiromix. Su fotografía fue rápidamente asociada con lo que posteriormente se denominó girly photography, una corriente o sensibilidad relacionada con jóvenes fotógrafas japonesas que utilizaban cámaras compactas y exploraban temas como la amistad, el cuerpo, la identidad, la vida cotidiana y las relaciones personales. Junto a Hiromix suelen mencionarse nombres como Yurie Nagashima o Mika Ninagawa, aunque cada una desarrolló una trayectoria y una estética muy diferentes.

La etiqueta girly photography resulta útil para comprender el contexto, pero también puede resultar demasiado reductora. El problema es que muchas de estas fotógrafas fueron interpretadas inicialmente desde su condición de mujeres jóvenes antes que desde la complejidad de su trabajo. La fotografía de Hiromix fue celebrada por su frescura y espontaneidad, pero también fue rápidamente absorbida por la cultura de la moda, las revistas y la publicidad. Su imagen como joven fotógrafa se convirtió en parte del fenómeno que ella misma había contribuido a crear.

Ese proceso fue extraordinariamente rápido. Poco después de terminar el instituto, Hiromix ya trabajaba profesionalmente y comenzó a recibir encargos editoriales. La revista musical Rockin' On tuvo un papel especialmente importante en esos primeros años y le permitió fotografiar a músicos japoneses e internacionales. Llegó a trabajar con artistas como los Beastie Boys, Sean Lennon y Marilyn Manson, entre muchos otros. La fotografía musical, la moda y la cultura juvenil formaban parte de un mismo universo para ella, algo que también explica por qué su carrera se desarrolló mucho más allá del circuito estrictamente artístico.

En 1997 publicó otros trabajos, entre ellos Japanese Beauty, y su nombre comenzó a adquirir una dimensión internacional. En 1998 apareció Hiromix, editado por el crítico francés Patrick Remy y publicado por Steidl. Esta edición fue especialmente importante porque llevó su trabajo a un público europeo y contribuyó a consolidar su posición dentro de la fotografía contemporánea internacional. El hecho de que una editorial como Steidl publicara su obra ayudó además a desplazar la percepción de Hiromix desde el ámbito de la fotografía juvenil japonesa hacia el territorio del photobook de autor.


Retrato de una joven japonesa recostada sobre una cama, sosteniendo un cigarrillo y mirando a la cámara, en una fotografía de estética íntima asociada a la cultura visual japonesa de los años noventa.

Ese mismo periodo coincidió con un enorme interés internacional por la nueva fotografía japonesa. Durante los años noventa se estaba produciendo una renovación profunda del medio, y fotógrafos como Daido Moriyama, Nobuyoshi Araki, Takashi Homma, Masahisa Fukase o Rinko Kawauchi comenzaban a ser estudiados con mucha mayor atención fuera de Japón. Hiromix aportaba algo diferente: una mirada nacida directamente de la cultura juvenil contemporánea y de la fotografía cotidiana.

En 2000 recibió el Premio Kimura Ihei por Hiromix Works. Se trataba de un reconocimiento especialmente importante porque el Premio Kimura Ihei es uno de los galardones más prestigiosos de la fotografía japonesa. La concesión del premio confirmó que aquella estética aparentemente informal y juvenil había adquirido una relevancia mucho mayor. Ya no se trataba simplemente de una moda vinculada a las cámaras compactas y a las revistas juveniles. Hiromix había conseguido entrar en el canon de la fotografía japonesa contemporánea.

Sin embargo, su enorme popularidad también tuvo un lado problemático. Su juventud, su aspecto y la idea de la fotógrafa adolescente que documentaba su propia vida se convirtieron en parte de su imagen pública. El personaje Hiromix empezó a adquirir una dimensión comercial y mediática que podía resultar difícil de separar de la fotógrafa. La cultura editorial y publicitaria encontró en ella una figura perfecta para representar una nueva idea de juventud japonesa: independiente, moderna, urbana, femenina y conectada con la música y la moda.

Esta transformación resulta especialmente interesante porque existe una contradicción entre el origen de sus fotografías y la forma en que fueron recibidas. Hiromix había empezado fotografiando para sí misma, intentando registrar su propia experiencia, pero el éxito convirtió esa intimidad en un producto cultural. Lo que originalmente podía ser entendido como una forma de expresión personal terminó siendo utilizado para representar a toda una generación.

La propia Hiromix reaccionó en diferentes momentos contra la manera en que se interpretaba su primera fotografía. No quería quedar reducida a la idea de lo “cute” o simplemente adorable. Sus primeras imágenes habían sido recibidas con entusiasmo precisamente por esa apariencia espontánea, juvenil y atractiva, pero ella quería demostrar que podía hacer algo diferente. A partir de entonces comenzó a modificar su manera de trabajar y a explorar una fotografía menos directamente relacionada con la imagen de la adolescente que había marcado sus primeros años.

Su relación con la música también fue mucho más profunda de lo que podría parecer. Hiromix no se limitó a fotografiar músicos. Formó parte del ambiente musical japonés y desarrolló proyectos propios relacionados con el sonido. Publicó trabajos musicales, ejerció como DJ y colaboró en diferentes proyectos audiovisuales. La música, por tanto, no era simplemente un tema que fotografiaba, sino una parte real de su entorno cultural.

También experimentó con el cine, el vídeo, la moda y la publicidad. Realizó trabajos audiovisuales y participó en proyectos relacionados con la imagen en movimiento. En 2003 apareció brevemente en Lost in Translation, la película de Sofia Coppola, y su presencia contribuyó a reflejar la conexión que existía entre la cultura artística, musical y juvenil de Tokio en aquella época.

Otro aspecto interesante es su relación con Wolfgang Tillmans. El fotógrafo alemán la retrató en 1997, en un momento en que ambos representaban, desde contextos culturales muy diferentes, una nueva forma de entender la fotografía relacionada con la juventud, la intimidad, la música y la vida cotidiana. Tillmans también estaba cuestionando la separación tradicional entre fotografía documental, fotografía personal, moda y cultura popular. La coincidencia entre ambos resulta bastante reveladora.

La comparación con Nan Goldin también es inevitable, aunque sus universos son muy diferentes. Goldin había convertido su círculo de amigos y su propia vida en materia fotográfica, y había demostrado que la experiencia íntima podía convertirse en un documento artístico de enorme fuerza. Hiromix comparte esa utilización de la cámara como diario personal, pero su mundo está mucho más vinculado a la adolescencia japonesa, la música, la cultura popular, el humor y la sensación de descubrimiento. En sus fotografías existe una intensidad emocional, pero normalmente no tiene el dramatismo oscuro de Goldin.

También puede establecerse una comparación con Larry Clark. Ambos fotografían desde dentro de su propia generación y no desde la distancia de un observador externo. Sin embargo, mientras Clark construye en Tulsa un universo marcado por las drogas, el sexo, la violencia y la marginalidad, Hiromix encuentra la materia de su obra en situaciones mucho más ordinarias. Sus fotografías hablan de la experiencia de ser joven, de estar con amigos, salir de noche, escuchar música, enamorarse, aburrirse y descubrir poco a poco quién eres.

La importancia de Hiromix también está relacionada con la tecnología fotográfica. La cámara compacta desempeñó un papel fundamental en su primera etapa. No necesitaba un equipo sofisticado para construir sus imágenes. La facilidad de llevar una cámara pequeña consigo permitía fotografiar prácticamente cualquier momento. Esta manera de trabajar estaba muy relacionada con una nueva cultura visual japonesa en la que los adolescentes producían constantemente fotografías de sí mismos y de sus amigos, especialmente a través de los fotomatones conocidos como Purikura.

Lo interesante es que Hiromix transformó esa cultura de la imagen cotidiana en una práctica artística. La cámara compacta dejó de ser simplemente un aparato destinado a conservar recuerdos y pasó a convertirse en una herramienta para construir una identidad visual. En ese sentido, su obra anticipa muchas de las características que posteriormente se convertirían en habituales con la fotografía digital y las redes sociales: fotografiar constantemente la propia vida, construir una identidad mediante imágenes y utilizar la fotografía como una forma de comunicación interpersonal.

Su bibliografía de los años noventa y principios de los dos mil incluye títulos como Girls Blue, Japanese Beauty, Hiromix, Hiromix Works, Hiromix Paris '97-'98 y Hiromix '01. Cada uno muestra diferentes momentos de su evolución y permite comprobar cómo fue alejándose progresivamente de la fórmula que la había convertido en una celebridad.

Desde el punto de vista de los photobooks, Girls Blue continúa siendo probablemente el libro más importante para comprender el origen de Hiromix. Es donde su lenguaje aparece con mayor naturalidad y donde la relación entre fotografía, adolescencia y vida cotidiana resulta más evidente. Hiromix, publicado por Steidl en 1998, tiene en cambio una importancia especial porque representa su entrada definitiva en el circuito internacional del libro fotográfico.

Lo que hace que Hiromix siga siendo relevante no es simplemente que fuese una fotógrafa muy joven que alcanzó un enorme éxito durante los años noventa. Su importancia está en haber contribuido a cambiar la definición misma de lo que podía ser una fotografía artística. Una cámara compacta, una habitación, una amiga, una noche en Tokio o un autorretrato podían convertirse en material suficiente para construir una obra. No hacía falta buscar un acontecimiento extraordinario. La propia experiencia cotidiana podía ser el tema.

Y quizá esa sea la parte más interesante de Hiromix. Sus fotografías documentan una época concreta, pero al mismo tiempo hablan de algo mucho más universal: la necesidad de conservar una etapa de la vida antes de que desaparezca. La adolescencia aparece en sus imágenes como un periodo de descubrimiento, inseguridad y libertad, pero también como algo inevitablemente pasajero. La cámara se convierte entonces en una forma de detener el tiempo y de conservar una identidad que está cambiando constantemente.

 
 
 

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